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jueves, 23 de mayo de 2013

Una ciencia hecha emoción

Lejos de todo el misterio, sólo hay una ciencia hecha emoción. Ésa que puede calcularse paso a paso pero que no puede controlarse, esa que como la propia chispa de un alma, prende la misma vida siguiendo su propia lógica perdurable en la inmensidad.
Entre los números no caben las gotas ni la sal, ni siquiera el vacío. Forman una cadena calculada, y sé que si en algún momento se detuviese tu álgebra moriría.
Descubrí las leyes de esa ciencia enterradas muy dentro de mí. Una de ellas es simple y tajante, si algún día descubría el placebo que me hiciese un aparente inmortal mi muerte sería el perderlo.
Otra me infundió algo de tensión, como cuando me inyectaban de pequeño. Si en algún momento regaba tu libro con más tildes de la cuenta, mis palabras serían exactas, idénticas, sin fuerza. Perdería entonces mi voz. Poco a poco. Al fin y al cabo, las palabras científicas y las palabras populares tienen la misma frecuencia emocional pero presentan diferentes colores. Ya no sé quizá como entender lo que mi pecho me cuenta, y reconozco que me pierdo en surrealismos enfermizos.
Desde los preámbulos aristotélicos, aprendo a dormir en mis sueños. Las Ideas platónicas han sido abstraídas en mi colada, mi casa se ha convertido en carro y mis brazos en alas. Y tú en mi calma.
Embrutecida ciencia, misteriosa imprecisión, palabra que ahora no encuentro y quizá nunca logre encontrar... Dejadme rezar cada noche para que me quede su mirada cada día, para que se quede conmigo cada vida, cada agonía, dejadla junto a mí.