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lunes, 20 de mayo de 2013

Mi forma de ser libre

Aquí y ahora, sobre un triste papel en blanco doy forma a la mina de una lápiz que no sabe lo que tiene que contar. Está confundida, quiere pintarlo todo con los tonos más tristes que conoce y esconder su significado para que jamás lo encuentren. Dejé la mano libre, pues quería saber lo que tenía que contar, fue entonces cuando me dí cuenta de que estaba enamorado y de que odiaba a la única persona capaz de hacerme sonreír de verdad. Mi pluma había perdido la fe, las ganas de luchar y de seguir disfrazando recuerdos en cada palabra. La inspiración se había esfumado dejándome solo completamente, solo y al frente de la que sería una dura y larga batalla contra mi mismo. Tenía que entender que hasta que no dejase de luchar contra mi no podría volver a sonreír, pero ese afán que me caracterizaba no cesaría tan fácilmente. Se derramó sangre, lágrimas, se quemaron libros y fotografías, se rechazaron olores y tactos conocidos me negué a volver a verla, a hablarla… Pero continuaba haciéndome daño. Era absurdo, al menos esa fue la conclusión que saqué de todo cuanto escribía, absurdo sentirme culpable cuando era la víctima y estúpido por ser victima sin haberme dado cuenta. Ya no tenía el control sobre mi, el corazón latía sin que pudiera controlarlo, las lágrimas brotaban y ahí estaba mi intelecto, hablando conmigo todos los días, consolándome, pero no servía de nada… Un buen día mi vía de escape se reveló contra mi, la inspiración se tomo unas vacaciones y la tinta no volvió a tomar forma. Me bastaba con un lápiz para poder ser yo, para no tener que ocultarme siempre, para liberar todo lo que pensaba sin exponerlo ni exponerme pero de qué servía mostrarle a la nada mi forma de ser. De qué servía habitar un mundo vacío, conocer personas inertes y vivir de algo que no se ve, de que servía un órgano que actuaba por su cuenta y bombeaba sangre a su antojo, de qué servía una materia gris que lo hacía todo negro, que sacaba del fondo del baúl de los recuerdos aquellos que hacían daño, de qué, esa era la pregunta. Ya no hay respuestas, no hay verdades subjetivas ni objetivas, todo se reduce a la nada, al mal, a lo inerte, lo insignificante… Lo estúpido.