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lunes, 25 de marzo de 2013

Todos cometemos errores

Todos somos personas y cometemos errores, a veces no aceptamos esos errores a la primera; quizás lo hagamos por orgullo o simplemente porque la idea de que nos hayamos podido equivocar nos produce un miedo increíble. Aunque tarde o temprano nos damos cuenta del mal que hicimos y normalmente lo aceptamos, y volvemos con la cabeza baja esperando que nos perdonen a pesar de que a veces la vuelta sea recibida con una guerra en la que tengamos que sacar una gran bandera blanca y dejarnos derrotar por el enemigo, ese que alguna vez fue tu aliado. Y esperas que vean la bandera desde lejos, y no utilicen todas sus armas contra ti. Porque estas verdaderamente arrepentido, aunque si por ti fuera dejarías que te molieran a palos. Ya no puedes con tu sufrimiento, sientes que has defraudado a todos tus hombres y que los perdiste por el camino. Aún puedes escuchar el llanto de alguno de ellos, pero es cosa de tu cabeza, ellos ya no están. Se perdieron, mejor dicho los perdiste, aunque quizás no sea tarde para poder recuperarlos, mientras sigan luchando es porque la guerra les importa.
La decepción y el sufrimiento aún son mayor si cuando llegas con una gran bandera blanca hondeando en el aire y vas en busca del enemigo te encuentras con que abandono la batalla y jamás volveré a usar sus armas en tu contra, porque lo ve un gasto tonto.
Ahora bien tengamos empatía, y pongámonos en el lugar de nuestro enemigo. Ha tenido que aguantar la lucha, y nosotros éramos el ejército fuerte. Éramos un Hitler contra indefensos judíos. Y él ha estado día tras día esperando una carta anunciando que nos rendíamos, que esta guerra había sido empezada por nosotros sin pies ni cabeza. Hasta que un día se canso de esperarla. Y saco todas sus armas y se cambiaron los papeles, de repente nosotros éramos los débiles. No teníamos argumentos sólidos por los cuales empezamos la lucha, y sin ellos no se pueden ganar batallas.