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sábado, 6 de abril de 2013

Querida soledad...

Una noche triste, de lluvia, sentado frente al espejo de su habitación, hecho un mar de lágrimas, decepcionado, triste, enfurecido también, intentaba buscar algún consuelo. Por más que miraba a su alrededor, se dio cuenta que no había nada, que no había nadie. Bueno, sí. Había una sombra oscura, de penetrantes ojos, planeando sobre su cabeza e intentando agarrarle para ir asfixiándolo poco a poco. Esa sombra le resultaba familiar.
Era extraño, porque ¿cómo podía resultarle familiar algo tan desagradable? ¿Conocía ya de antes esa sensación? ¿Era posible que hubiera visto antes aquellos ojos llenos de frío? Pues claro, la soledad se reconoce en cuanto se ve. ¿O tal vez no? No entendía nada. Por más que lo intentaba, no lograba comprender como aquella malvada sombra estaba visitándole. Aunque la mirara millones de veces a los ojos, no encontraba un por qué. Pero también pensaba una cosa: si esa sombra le estaba visitando, era por algún motivo. Sin embargo, el sabía que tenía amigos de verdad y que no podía estar en compañía de la soledad. Pero, ¿qué es lo que realmente la había llevado hasta el? Si el tiene una vida llena de gente, y amigos y familia, ¿por qué estaba allí? Estaba confundido, porque no le veía sentido alguno a aquella soledad.
De repente, la sombra bajó y se puso delante de el. Le miró fijamente a los ojos. El vio los ojos más fríos y tristes que jamás había visto. Un escalofrío recorrió su cuerpo y entonces, como por arte de magia, miles de preguntas sin respuesta y miles de recuerdos inundaron su mente. ¿ Todo aquello era real? Pues claro, mucho más real que la vida que el creía tener. Y así empezó todo.
Otra imagen le vino a la cabeza. La de todas las veces que el estuvo al lado de quién le necesitó, de cuando los demás necesitaron su apoyo y lo tuvieron, de cuando estuvieron enfadados con el mundo y lo pagaron con el, de cuando quisieron el cielo y el les bajó las estrellas, de todas las historias escuchadas hasta la saciedad, de toda la confianza prestada, de todas las veces que hizo de hombro sobre el que llorar, de todas las veces que prestó el corazón para que otra persona siguiera viviendo y de todas las veces que le llamaron para llorar y el acudió sin pensarlo, sin importar la hora que fuera ni la distancia, siempre los atendió. Así, no pudo evitar pensar en todo lo que recibió a cambio. Promesas de amistad eterna, de amistad verdadera. ¿Pero promesas de verdad? No. Solo palabras vacías, sin significado. El intentó ser un amigo de verdad para todas esas personas, a veces lo consiguió y otras no, pero de que lo intentó, no le quedaron dudas.