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martes, 23 de abril de 2013

Grandeza de la infancia

Están jugando con las canicas, son pequeñas criaturas, muestras de la inocencia, la alegría pura, sin manipular.
Se ríen juntos, y se acaban de conocer, el proceso ha sido el de siempre. Se han visto, observan un parecido en la edad y en la estatura, y uno de ellos se acerca: ¿Quieres jugar conmigo? Y la respuesta es inmediata y claramente positiva. Al momento, comienzan a jugar, y se entienden perfectamente, hay una clara coordinación en sus movimientos.
Se hacen las preguntas de siempre: ¿Cómo te llamas?, ¿Cuántos años tienes?, ¿A qué cole vas?, ¿tienes hermanos? Son simples, directos, sinceros, sin darle más vueltas al asunto, y con un único objetivo: ganar a su contrincante a ese simple juego que tanto les divierte.
De pronto uno de ellos gana, el otro se enfurruña, y en el tiempo que se le pasa, el primero piensa otro plan para continuar juntos. Se le ocurre ir al tobogán y hacer carreras al bajar, su contrincante acepta y muestra una sonrisa pícara con la seguridad de ser capaz de ganarle. Así pasan la tarde, hasta que entran los adultos en acción, con sus reglas y complicaciones. “¡No hagas eso que te vas a hacer daño!” Y acto seguido un: “Hijo nos vamos, que tu padre está en casa esperando”. En cuanto escucha esas breves palabras su sonrisa desaparece, no quiere volver a casa, ya que esto conlleva perder al amigo que acaba de conocer y con el que tan bien congenia. Se queja, patalea, le suplica a su madre pero no lo consigue, y algo triste emprende el camino a su casa.