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martes, 8 de marzo de 2016

El primer día con ella

Y creía que no había nada más bello que la naturaleza hasta que la vi bajándose del coche... Mi primer pensamiento fue "Hostia, me la imaginaba más alta", pero la verdad es que me daba igual porque me parecía perfecta desde los pies hasta la cabeza. Pero no fue hasta que oí su voz diciéndome "Holaa" cuando cupido se dio cuenta que no podía sangrar, porque mi corazón se había parado y me había congelado porque su voz había entrado hasta el hueco más recóndito de mi y había grafiteado por dentro de todo mi cuerpo su nombre, haciendo que tuviese un motivo para ser feliz de nuevo. En ese momento mis ojos solo podían mirarla, porque sus ojos azules me hipnotizaron. Mira que había visto ojos bonitos, pero es que sus ojos son más bellos que una aurora boreal. Seguido la di dos besos. Si hubiese palabras para describir ese momento... Su olor... Que decir de cómo olía... Era la mezcla perfecta entre cielo y felicidad. Jamás había olido algo que oliese así de bien. Momentos después monté en su coche, el cual olía también a paraíso, y la verdad es que no tenía ninguna pinta de ser una persona que supiese reaccionar en cualquier situación, pero no me preocupaba, porque yo estaba feliz de estar al lado suyo. Recuerdo que tenía un montón de chupachuses de chicle, y me fue inevitable pensar que era una "yonki" de esos chupachuses. La llevé a un sitio especial, y fue perfecto. El ver que se divertía y poder oír su risa era buena señal, porque su risa es lo más raro que hay, pero a la vez es lo mejor, la mejor sinfonía de la felicidad. Seguramente pensaría que estaba loco, que era raro, diferente a los demás, pero esa era mi intención, que viese que era diferente a los demás. La tarde fue cayendo y nosotros seguíamos en el mismo sitio. Ya casi de noche se empezaron a ver las estrellas bien, y para asombro de los dos, vimos estrellas fugaces, ya hacía tiempo que no las veía. Poco después me vi preparado para hacer lo que llevaba deseando durante toda la tarde... Me atreví a besarla, y aquello fue mejor que una bolsa de regalices rojos... Fue tocar sus labios con los míos y toque el cielo de tal forma que Dios me abrió las puertas y me dijo "Esto que sientes es la felicidad que tanto buscabas". Fue perfecto, ya no sólo por el hecho de besarla, sino porque ella no se apartó, por lo visto ella también lo quería. La noche seguía cayendo y el frío se echaba encima, pero no quería apartarme de ella. Cuando decidimos levantar el campamento y movernos, la llevé al mejor sitio de Cicero, donde contemplar todo el pueblo y otros más. Estando abrazado a ella mirando las estrellas encontré la felicidad eterna. El cielo nos seguía deleitando con estrellas fugaces, pero aun así no cambiaba de opinión, ella era lo más bello. Un rato después se tenía que ir, y cuando nos dimos el beso de despedida sentí que no iba a ser la única vez que la viese, porque iba a pelear por tenerla conmigo, por poder besar esos labios más veces, por respirar el aroma de su piel y poder ver siempre esa sonrisa, cosa que conseguí. He de reconocer que esa noche dormí tan bien que no recordaba la última vez que había dormido así, porque había tenido uno de los días más perfectos de mi vida.